domingo, noviembre 28, 2010

La gente quiere formas nuevas de conectarse entre si

En estos dias ando con la cabeza puesta en la creacion del Hackerspace de Bogota (HackBo) y el releer la introduccion del libro Stranger than fiction (mal traducido como error humano) de Chuck Palahniuk me puso de relieve que tal vez el eje de todo esto no sea mas que buscar una nueva forma de conectarse con otras personas.

Extracto de la introduccion a Stranger than fiction

Todas las historias de este libro tratan sobre estar con otra gente. Sobre mí en compañía de otra gente. O sobre gente que está reunida.

En el caso de los constructores de castillos, se trata de levan­tar un emblema de piedra tan magnífico que atraiga a gente con el mismo sueño.

En el caso de los participantes en combates de cosechado­ras, se trata de encontrar una forma de juntarse, una estructu­ra social provista de normas y metas y roles que la gente pue­de cumplir mientras reconstruyen su comunidad mediante la destrucción de maquinaria agrícola.


En el caso de Marilyn Manson, se trata de un chico del Medio Oeste que no sabe nadar y que de pronto se muda a Florida, donde la vida social se vive en el océano. Y ese chico sigue intentando conectar con la gente.

Se trata en todos los casos de historias reales y ensayos que escribí entre novelas. Mi propio ciclo va así: Realidad. Fic­ción. Realidad. Ficción.

El único inconveniente de escribir es que estás solo. La fase de la escritura. La fase de la buhardilla solitaria. En la imagi­nación de la gente, eso es lo que distingue a un escritor de un periodista. El periodista, el reportero, siempre anda con pri­sas, de caza, reuniéndose con gente y recogiendo datos. Pre­parando una historia. El periodista escribe en compañía de otra gente y siempre con plazos de entrega. Rodeado de gen­te y con prisas. Es una actividad emocionante y divertida.

El periodista escribe para conectar a la gente con el mun­do exterior. Es un conducto.

Pero un escritor escritor es distinto. Alguien que escribe ficción es alguien –o eso imagina la gente– que está solo. Tal vez porque la ficción parece conectarlo a uno solamente con la voz de otro individuo. Tal vez porque leer es algo que hacemos a solas. Es un pasatiempo que parece separarnos de los demás.

El periodista investiga una historia. El novelista se la imagina.

Lo gracioso es que os sorprendería la cantidad de tiempo que el novelista tiene que pasar con gente a fin de crear esa voz individual y solitaria. Ese mundo en apariencia aislado.

Es difícil llamar “ficción” a alguna de mis novelas.

Si me dedico a escribir es sobre todo porque una vez a la semana la escritura me servía para reunirme con otra gente. Eso fue en un taller que impartía un autor publicado –Tom Spanbauer– en la cocina de su casa los jueves por la noche. Por entonces, la mayoría de mis amistades se basaban en la proximidad: eran vecinos o compañeros de trabajo. Esa gen­te a la que uno conoce porque, bueno, le toca sentarse con ellos todos los días.

La persona más graciosa que conozco, Ina Gebert, llama a sus colegas del trabajo “compañeros de aire”.

El problema de las amistades basadas en la proximidad es que acaban por marcharse. Se despiden o los despiden.

No fue hasta participar en el taller de escritura cuando descubrí la idea de las amistades basadas en una pasión compartida. La escritura. O el teatro. O la música. Alguna visión común. Una búsqueda similar que te hiciera reunirte con otra gente que apreciara aquel talento vago e intangible que tú apreciabas. Se trata de amistades que sobreviven a los trabajos y a los desahucios. Aquel festival de cháchara fijo y regular de los jueves por la noche fue el único incentivo que me hizo escribir durante los años en que escribir no daba ni para pipas. Tom y Suzy y Monica y Steven y Bill y Cory y Rick. Nos peleábamos y nos elogiábamos entre nosotros. Y con aquello bastaba.

Mi teoría favorita sobre el éxito de El club de la lucha es que la historia presentaba una estructura para que la gente se reu­niera. La gente quiere formas nuevas de conectar. Mirad si no libros como Coser y cantar de Whitney Otto, Clan ya-yá de Rebecca Wells y El club de la buena estrella de Amy Tan. Son todos libros que presentan una estructura –hacer una colcha o jugar al mahjong– que permite a la gente reunirse e inter­cambiar historias. Todos esos libros consisten en relatos bre­ves unidos por una actividad común. Por supuesto, se trata en todos los casos de historias de mujeres. No vemos muchos modelos nuevos para la interacción social masculina. Está el deporte. Y construir graneros. Y ya está.

Y ahora hay clubes de lucha. Para bien o para mal.

Antes de escribir El club de la lucha yo trabajaba como vo­luntario en una residencia benéfica para enfermos terminales. Mi trabajo consistía en llevar a gente en coche a citas y reu­niones de grupos de apoyo. Allí me sentaba con otra gente en el sótano de una iglesia para comparar síntomas y hacer ejer­cicios New Age. Aquellas reuniones resultaban incómodas porque no importaba lo mucho que yo intentara esconder­me, la gente siempre daba por sentado que yo tenía la misma enfermedad que ellos. Así que empecé a contarme a mí mis­mo la historia de un tipo que iba a las reuniones de grupos de apoyo para enfermos terminales para tolerar mejor la falta de sentido de su vida.

En muchos aspectos, todos esos lugares –los grupos de apo­yo, los grupos de rehabilitación en doce pasos, los combates de vehículos agrícolas– vienen a cumplir las funciones que antes desempeñaba la religión organizada. Antes íbamos a la iglesia para revelar los peores aspectos de nosotros mismos, nuestros pecados. Para contar nuestras historias. Para que nos reconocieran. Para que nos perdonaran. Y para que nos redi­mieran y nos aceptaran de vuelta en nuestra comunidad. Aquel ritual era nuestra forma de seguir conectados con la gente y de resolver nuestra ansiedad antes de que ésta pudiera llevarnos tan lejos de la humanidad que acabáramos perdidos.